Hay que retroceder para dirigirnos a la Iglesia a la que se entra por el
brazo norte del crucero. La iglesia "por su capacidad y buen gusto
arquitectónico es una de las más suntuosas de España". Sorprendente en
un primer momento la amplitud del espacio luminoso, la enorme altura de
la cúpula con su linterna, la pureza clásica de su arquitectura. La
levantó Francisco de Mora que fue el más ilustre discípulo de Juan de
Herrera, el del Escorial. Fue terminada en el año 1598.
En la iglesia hay que destacar el retablo mayor del que se conserva
solamente la parte superior y el gran cuadro central con la
representación de Santiago Caballero pintado por Francisco Ricci, pintor
de cámara de Carlos II, en 1670. El resto es una composición que imita
la obra original. La magnífica capilla mayor está separada del resto de
la iglesia por una verja de hierro. Las cancelas de las dos puertas
exteriores de la iglesia sobresalen una por la primorosa forja de sus
hierros y la otra por los bellos relieves esculpidos que representan las
virtudes cardinales. La parte alta de la nave se adorna con grandes
lienzos que recuerdan las hazañas batalladoras de la Orden. Siempre hay
que lamentar que la "injuria de los tiempos" haya privado a esta iglesia
y monasterio del riquísimo ajuar con que los sucesivos Maestres y
Priores de la Orden la fueron enriqueciendo en sus respectivos mandatos.
Así mismo hay que recordar que esta iglesia, sin saber exactamente dónde
guarda los restos de aquel preclaro Maestre Don Rodrigo Manrique cuya
muerte fue cantada como ninguna otra lo haya sido nunca en las Coplas
que su hijo Jorge Manrique le escribió. Ambos, padre e hijo, aquí
estuvieron enterrados aunque la construcción de la iglesia removiera las
sepulturas y ahora no sepamos dónde definitivamente descansan aquellos
llorados huesos.
