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La fortaleza de Uclés, cuyo diseño
esquematizado aparece en una miniatura del Tumbo Menor de
Castilla, a juzgar por la extensión que ocupaba y que hoy
conocemos con exactitud, era grandiosa: un kilómetro
cuadrado de superficie, rodeado de murallas, bastiones,
contrafuertes y torres almenadas, ocupando un cerro alargado
de norte a sur. Sin embargo, no estriba en sólo su magnitud
la importancia que en los tiempos medios llegó a alcanzar.
Lo principal fue su situación geográfica y la topografía del
terreno, en que estaba asentada.

El Tumbo Menor de Castilla recoge este
grabado en el que los reyes Alfonso VIII y Leonor aparecen
junto al castillo de Uclés, en la más antigua imagen
conocida de esta antigua fortaleza.
En la descripción del territorio musulmán español hecha por
autores árabes que usan el nombre de cora con significación
aproximada de provincia, entre las coras de Toledo y
Valencia, se sitúa la de Santaver o Santavariya que tuvo al
principio su capital junto a la antigua Ercávica -Santaver
musulmana- y después en Uclés. Así este castillo se alzaba
en el cruce obligado entre aquellos dos reinos, el toledano
y el de Valencia. Además por largo tiempo ocupó un lugar
destacado en la línea de choque entre cristianos y moros,
formando parte de la Marca Media durante los prósperos años
del Califato de Córdoba.
Esta Marca era la tierra musulmana más próxima al campo
cristiano castellano-leonés y el castillo ucleseño, en unión
con otros de la región, como los de Cuenca, Huete y Zorita,
fue punto de apoyo de familias rebeldes y caballeros
audaces, que no siempre estuvieron dispuestos a obedecer al
califa. Tal fue el caso de los Beni-Zenum, Musa y su hijo
al-Fath. Después, cuando avanzó la reconquista, también fue
pieza obligada, de la cual no podía prescindirse al idear
ataques y razzias en uno y otro campo enemigo.
Estas condiciones geográficas fueron las que
obligaron a transformar el castrum, que allí habían
edificado los romanos, en un castillo tan imponente como
éste. Los árabes hicieron obras en la parte más alta de la
fortaleza, en el núcleo central, y alargaron las defensas
por el poniente hasta las mismas faldas del cerro en que se
asentaba.
Las torres que hoy tenemos en pie no se
elevan más arriba de los 25 ó 30 metros desde su base; pero
sabemos que las hubo más altas. Si se añade a esto que la
escarpada colina sobre la que el castillo estaba encaramado
medía no menos de 80 metros de altura, hemos de pensar que
la extensión del terreno, que el vigía podía contemplar
desde la atalaya más alta, era inmensa. Hacia el mediodía la
vista alcanzaba hasta las torres de otro castillo roquero,
el de Almenara, jinete incansable de
piedra sobre un pico de la sierra que lleva su nombre; un
poco más al oeste el panorama se abría a una gran llanura,
ondulada muy al fondo por la sierra lejana de Lillo; y al
norte, las azuladas lomas de Altomira, quedando en primer
término, casi tocándose con la mano, los adarves del
castillo de Arabia, junto a Huelves.

Impresionante visión panorámica del
complejo urbanístico de Uclés
Con
estas características topográficas no es de extrañar que
este castillo resultase una fortaleza inexpugnable. Era
imposible acercarse a él sin ser descubierto mucho antes de
llegar a tocar sus murallas. Permutas, donaciones, ardides o
engaños le hicieron pasar de unas manos a otras, pero nunca
nadie llegó a rendirlo a la fuerza. Ni siquiera en aquella
jornada funesta de los siete condes, la famosa
primera batalla de Uclés, a finales de mayo de 1108, pudo
tomarse el castillo. Los moros, ganada la batalla, pero sin
haber logrado conquistar la fortaleza, hubieron de acudir al
engaño: fingen una retirada y es entonces cuando, saliendo
fuera los incautos defensores con la esperanza de huir a
campo cristiano y cayendo de improviso sobre ellos los
moros, toman por fin el castillo.
Pero Uclés ya tenía
anticipadamente una historia de muerte: el año 1025, el
califa Mohamed III, que había salido de Córdoba huyendo de
los nobles, sublevados ante su despótico gobierno,
disfrazado, dicen, de cantora, se encaminó hacia la Marca
Media y en pocas jornadas llegó hasta Uclés, donde creía
encontrar algunos adictos. Pero, entre parabienes y
festines, había sonrisas fingidas en el castillo ucleseño.
La mano traidora de un antiguo cortesano puso veneno en el
manjar presentado al desdichado califa, como algunos opinan,
o apuntó certera con su gumía al corazón de aquel hombre,
según piensan otros.
Sesenta años más tarde,
el 1085, había pasado Uclés por primera vez a manos
cristianas como consecuencia de la toma de Toledo por
Alfonso VI, pero la derrota de Zalaca al año siguiente hace
que de nuevo pase a poder de los musulmanes. Esta vez su
dueño será Almotamid ben Abbad, rey de Sevilla, el cual la
entrega al rey castellano como regalo de bodas, con otras
cuantas fortalezas, al desposarse éste con la princesa
Zaida, aunque esta última nota más pertenece a una bonita
leyenda que a la verdadera historia. El hijo que Zaida dará
a Alfonso VI, el infante don Sancho,
siendo niño de once
años, es enviado al frente de los ejércitos por su padre y
sucumbirá en el castillo de Belinchón, a manos de sus
moradores -otra vez la traición-, después de haber huido con
vida de la batalla de los siete condes.
El rey Lobo de Murcia en
cuyo poder quedaría el castillo de Uclés, lo entregará en
permuta a Alfonso VII el Emperador a cambio de la fortaleza
de Alicum, cerca de Baza. La toma de posesión por parte de
los cristianos se hará en 1157, cuando ya reinaba en
Castilla Sancho III el Deseado.
No más juegos de armas
entre moros y cristianos por la posesión de esta fortaleza.
En este año de 1157 se extingue para siempre el poder de la
media luna sobre las torres macizas y las murallas de Uclés.
El dominio ha pasado definitivamente a los hombres de la
cruz, que, a los pocos años de esta permuta elevarán este
castillo a su más alto destino, convirtiéndolo en
Cabeza de la Orden de Santiago.
Lamentablemente, no queda mucho en pie del antiguo recinto
amurallado de Uclés, pero estos torreones invitan a la
ensoñación sobre un tiempo ya ido, en el que la fortaleza
desafiaba la furia de los elementos humanos y naturales. |